21 de julio de 2010

Faz

Bueno, pequeñas criaturas: tras un frustrado intento de hacer un recorrido por ese personaje sistemáticamente maltratado por los pintores y convertido ora en rata tísica y otrora en sapillo-cerdito hidrópico que es el niño Jesús, he tenido que dejar descansar a mi estómago y optar por otro tema mucho más agradable: la expresividad de las esculturas góticas.

Y no; no pienso sacar al angelico salido que viene en todas partes, porque me repatea el hígado. Voy a empezar por la serenidad digna del bando derrotado, fina y elegantemente representado en la Sinagoga de la Catedral de Estrasburgo.


La finura de la venda, para empezar, es exquisita. Es perfectamente apreciable que se trata de alguna clase de seda ligera; cubre con tanta delicadeza los ojos que pueden distinguirse los globos oculares bajo ella. Aunque baja la cabeza, se mantiene erguida; los hombros atrás, conservando su posición, sosteniendo la lanza rota con la misma determinación que si se hallara entera. Los plegados de la túnica nos remiten un poco al estilo 1200, pero revisado y estilizado. La figura en su conjunto irradia calma; serenidad y dignidad, como ya he dicho antes. No he visto otra escultura como ésta.

Después tenemos a mis mocillas de Magdeburgo. En una de sus portadas se representa la parábola de las vírgenes prudentes y las necias y, como siempre, el lado de los chungos es el más logrado. Igual que en los Juicios Finales el Infierno suele molar más que el Paraíso, aquí las emociones de las pobres tontuelas que han gastado el aceite tienen muchísima más enjundia que las prudentes.



La reflexiva. Ésta niña mira su recipiente vacío después de haberse secado los ojos llorosos con el manto. Podemos adivinar el movimiento que acaba de hacer con la cabeza, y en su rictus congestionado encontrar la angustia creciente al comprobar su error; quizá con una pizca de incredulidad.



De los pezones mutantes no es cuestión de hablar, pero se merecerían una entrada a parte.


La llorica. Ésta no se priva. Le están cayendo unos lagrimones como puños y es otra vez el manto el que se lleva los mocos y las lágrimas.


La resignada. Es mi preferida. Apoya la cabeza en la mano y mira sin ver su recipiente, perdida seguramente en las consecuencias de sus actos, tomando consciencia de qué va a pasar después. Al próximo que me diga que los escultores medievales no tenían técnica le corto los kiwis.

Mirad qué carita, y qué hoyuelo... Los churretones negros no son sino restos de policromía llenísimos de mierda. El estucado es lo que tiene.



La cabrona. Ésta es la que se salva de las prudentes. No he estado nunca, pero me apuesto el cuello a que está mirando fijamente a las necias, de la misma manera que Daniel mira a la Reina de Saba en el Pórtico de la Gloria. La intención aquí es bien distinta, y creo que todos podemos ver esa especie de expresión de perverso triunfo, sujetándose además el fiador con cierta indolencia, y con firme superioridad su lamparita encendida (sí, eso que le sale que parece atacar al pezón mutante es una llama). Por cierto, se me parece un poco a Angelina Jolie.

¿Y ahora, qué, zorrones?

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