20 de diciembre de 2009

Epifanía

Yo no sé muy bien si los niños de este mundo se han planteado lo que mola que vengan tres zombis a tu casa de noche cargados de regalos. Supongo que si tanto santo se ha muerto, ha sido cortado en cachitos y repartido por la cristiandad y aun así es capaz de aparecerse, tres señores no tienen ningún problema en allanar moradas y ponerse hasta el culo de galletitas y jerez.

Son curiosos los orígenes de nuestros colegas. Hay muchas preguntas que no son directamente respondidas en las fuentes directas y, como tantos otros asuntos tradicionales, hay que buscarles la explicación en el pragmatismo humano posterior.

Iconográficamente, la epifanía sirve para destacar la universalidad de Cristo, que viene para todos y es reconocido como hijo de dios y salvador por señores sabios que vienen del quinto pino. Hay representaciones muy graciosas en las que no se ponen de acuerdo en cuántos reyes son: incluso pueden ser doce, como las doce tribus de Israel. Suelen llevar pantalones y gorro frigio, que es la vestimenta oriental típica de las representaciones paleocristianas e incluso altomedievales.


Qué guapos estamos, leches

Con lo de la Universalidad y alguna que otra leyenda creativa, pronto empiezan a colocarle a cada uno una edad: uno viejo, uno madurito y otro jovenzuelo imberbe. Hay que esperar al final del gótico y a la pintura flamenca para que a alguna mente preclara se le ocurra lo de meter un toque exótico y caracterizar a uno de ellos como africano. Ahí ya parece llegarse a un consenso general y dejan de innovar, dejando la representación tal y como la contemplamos ahora en los belenes a lo largo y ancho del multiverso.

Elena, madre del emperador Constantino, que es la retatarabuela de Indiana Jones pero aún no hemos descubierto la conexión genética, encontró en sus periplos por Tierra Santa los restos de nuestros amigos, a los que me imagino compartiendo sarcófago acurrucaditos igual que en la cama. Mandó los cachos de fiambre a Constantinpla, que es lo suyo, y de ahí fueron a parar tres siglos después a Milán. Más tarde, Federico Barbarroja, otro señor que da para siete temporadas de miniserie (ya sería cuestión de hacerla), se lleva las reliquias a Colonia, donde se hacen una catedral del copón y medio y un relicario de esos que hacen historia (orfebrería orgásmica, de hecho). Es allí donde habría que llevar a los niños a ver a los auténticos reyes magos y poder así realizar sus peticiones directamente a su cráneo envuelto en sedas en vez de a un concejal disfrazado.


¿Te has portado bien este año?

Más allá de las indagaciones teóricas e históricas, yo vuelvo cual cabezona al principio de mis elucubraciones: los Reyes Magos tienen tumba. Si tienen tumba, es que están muertos. Si están muertos y aun así se remenean, no hay duda: son zombis. O eso, o magos de verdad. Habría que replantearse eso de pedirles videojuegos, y sería cuestión de sonsacarles el secreto ese de la vida eterna. Por probar, que no quede.

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